LA BODA REAL: EQUILIBRIO ENTRE MODERNIDAD Y TRADICIÓN

LA BODA REAL: EQUILIBRIO ENTRE MODERNIDAD Y TRADICIÓN

El pasado 21 de mayo tuvo lugar la boda del año: el enlace entre el príncipe Harry y la actriz Meghan Markle. La pregunta que flotaba en el aire los días previos al acontecimiento era si se cumpliría a rajatabla el protocolo real o bien los novios optarían por desviarse en la medida de lo posible del protocolo. Sin duda, una vez transcurrida la boda está claro que los novios y la Monarquía apostaron por una fórmula intermedia en la que se respetó en la medida de lo posible el protocolo y al mismo tiempo se introdujeron ciertos detalles que representaran a la pareja. Hoy me gustaría centrarme en estos detalles.

En primer lugar no podemos pasar por alto la dispensa de la Reina Isabel II para que el príncipe Harry pudiera casarse con Meghan que está divorciada. La Iglesia Anglicana no está de acuerdo con el matrimonio cuando uno de los contrayentes está divorciado. De ahí la necesidad de la dispensa real. Acordaros de que la Reina ya anteriormente daría su consentimiento para que su hijo el príncipe Carlos pudiera casarse con la actual Duquesa de Cornualles.

A nivel de protocolo la Ceremonia es el momento en el que se intentó dar un toque más personal. En primer lugar, el cortejo nupcial fue el más grande desde la boda de la Reina Isabel II. En total eran diez niños y lo más curioso es que los novios decidieron que fueran los hijos de sus mejores amigos los que acompañaran a la novia en su camino al altar. Los únicos niños que formaban parte de la realeza fueron los príncipes George y Charlotte, los sobrinos del novio.

En segundo lugar, por primera vez en la historia en el Templo, espacio exclusivo de la Familia Real, coincidieron miembros de la realeza con personalidades de Hollywood. Otra muestra más de la flexibilidad del protocolo. Desde el siglo XI el arzobispo de Canterbury era el encargado de oficiar la ceremonia. Sin embargo, en esta ocasión la oficiaron David Conner, capellán de Windsor, Michael Bruce Curry, responsable de la Iglesia anglicana en Estados Unidos que fue el que pronunció la homilía marcando un antes y un después con su sermón y finalmente, Justin Welby, líder de la Iglesia de Inglaterra y arzobispo de Canterbury.

Otro de los momentos más rompedores a nivel de protocolo fue la entrada de Meghan a la capilla de San Jorge, lugar donde se celebraba la ceremonia. Megan le pidió a su suegro, el príncipe Carlos, que le acompañara al altar. Sin embargo, no le acompañó durante todo el recorrido. Megan, entró sola por la entrada de la nave central seguida por su cortejo y precedida por las autoridades eclesiásticas. En el quire, a medio camino entre la puerta y el altar, en total un recorrido de unos tres minutos, le esperaba el príncipe de Gales que le acompañó en el último tramo hasta el altar.

Los votos fueron de nuevo un ejemplo del esfuerzo por adaptarse a los vientos de cambio por parte de la Monarquía. Después de pronunciar sus votos y de sonar “Señor de toda la esperanza” de Jan Struther, Harry descubrió el rostro de Meghan y el arzobispo de Canterbury se dirigió al príncipe Harry siguiendo la tradición que data de 1662: “Harry, tomas a Meghan como esposa, ¿la amarás, la consolarás, la protegerás y serás fiel mientras los dos viváis?” Tras el sí alto y claro de Harry era el turno de Meghan. Desde el siglo XIX los votos nupciales de las novias eran: “(…) prometo amarte, apreciarte y obedecerte (…)” Sin embargo, como un guiño a la igualdad de las mujeres se sustituye el término obedecer por el de proteger.

A nivel de vestimenta Meghan optó por un diseño de Clare Waight keller. Era una vestido de líneas sencillas, escote barco, manga de tres cuartos y cintura entallada. El velo fue otro de los elementos más comentados ya que tenía las 53 flores que hacen referencia a los 53 países que conforman la Commonwealth y que son las flores típicas de estos. Asimismo, Meghan decidió colocar también dos de sus flores “favoritas”: la wintersweet (que es la flor que crece en el palacio de Kensington y se conoce como la flor de invierno) y la  amapola californiana (que proviene del país natal de la novia) como guiño a su lugar de procedencia y a su nuevo lugar de acogida.

El príncipe Harry, por su parte, se decidió por el traje de gala  de la Household Cavalry´s Blues and Royals. Eso sí, llevando la barba aunque para ello tuvo que pedir un permiso especial a la Reina Isabel II. El resto de invitados cumplieron bastante bien con el protocolo de vestimenta. Ellos de chaqué y ellas con vestido hasta las rodillas, medias, zapato de medio tacón, bolso pequeño y sombrero o tocado dado que la boda era por la mañana. En esta ocasión los invitados se ajustaron bastante a las normas de protocolo siguiendo las indicaciones contenidas en la guía de que se adjuntó en sus invitaciones.

A modo de conclusión me gustaría destacar la idea de que la Familia Real ha hecho un esfuerzo por adaptarse a los vientos de cambio. Sin duda es la mejor garantía para continuidad de esta institución. No podía terminar mi artículo sin mencionar la figura de la princesa Diana, que estuvo presente en ese día tan especial para su hijo en detalles como el velo de Meghan, la lectura de Lady Jane Fellowes, la presencia de la familia de Diana, una joya especial que Harry entregó a Meghan durante la recepción nupcial y el bouquet en el que Harry quiso incluir nomeolvides,  las flores favoritas de su madre.

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